La libertad convertida en canción: Bob Dylan cumple 77

La libertad convertida en canción: Bob Dylan cumple 77

Por Sergio Zurita

Durante décadas, a Bob Dylan le gustaba que en sus conciertos lo anunciara una voz que decía: “¡Damas y caballeros, el artista de Columbia Records: Bob Dylan!”.

Fue John Hammond, descubridor de talentos como Billie Holiday y Benny Goodman, quien firmó a Dylan para Columbia, apenas unos meses después de que el joven de Minnesota llegara a Nueva York en enero de 1961, para convertirse en el artista de folk más exitoso de todos los tiempos.

Al principio, todos pensaban que John Hammond había perdido la razón firmando al joven Dylan: “El capricho de John” fue el apodo que recibió Bob de los escépticos, que tuvieron que tragarse sus palabras cuando apareció su segundo disco, The Freewheelin’ Bob Dylan (1963) que contenía “Blowin’ In The Wind”.

“¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de que se le llame hombre?”. Con esa pregunta abría aquella obra maestra. Y la pregunta caló muy hondo. Era una época en la que un hombre de raza negra, tuviera la edad que tuviera, era llamado “chico” (“boy”) por cualquier blanco. Infantilizar a un grupo social es una manera efectiva de mantenerlo sometido.

“Ese hombre del que canta Bob podría ser mi padre”, declaró Mavis Staples, cantante principal de los Staples Singers. “¿Cómo es que este muchacho blanco puede reflejar esos sentimientos?”.

Parece que voy a cambiar de tema, pero no. Sólo voy a hablar un poco de Shakespeare y de la absurda teoría de que Shakespeare no era Shakespeare, sino un grupo de nobles cultos. La pregunta que se hacen quienes creen en esta teoría es la siguiente: ¿cómo es posible que un hombre que no tuvo estudios superiores y no conoció muchos lugares de los que hablaba, haya sido capaz de recrearlos de forma tan convincente? La respuesta es muy simple: estamos hablando de un genio.

En su discurso de agradecimiento por el premio Nobel de literatura, Dylan habló de su relación con las palabras y la comparó con la relación de Shakespeare con las mismas. Son palabras para ser dichas o cantadas en vivo, en un escenario, ante un público. Los libretos, o los discos fonográficos en el caso de Dylan, son meros registros. “Las versiones definitivas de mis canciones aparecen en los conciertos”, dice. Y tiene razón.

Después de haberlo visto en vivo 99 veces (espero la centésima con ansias) sé que las canciones de Bob Dylan, como los parlamentos de Shakespeare, viven y respiran y se transforman cada vez que son cantadas ante los espectadores. Para eso fueron hechas. Dylan dice estar seguro de que Shakespeare no pensaba en sus textos teatrales como literatura, del mismo modo que él no piensa en sus canciones en ese sentido. Y sin embargo lo son.

Dylan se convirtió en la voz cantante del Movimiento por los derechos civiles de Martin Luther King. J

r. Fue capaz de advertirles a los padres de sus seguidores que “sus hijos e hijas están más allá de su autoridad” y de anunciar, en un poema épico de proporciones homéricas, que “una fuerte lluvia va a caer”.

Cuando Allen Ginsberg, el gran poeta beatnik, escuchó “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” por primera vez en la radio, se puso a llorar: “estaba orgulloso de que alguien hubiera tomado la estafeta” del tipo de poesía que él y sus colegas Jack Kerouac, Gregory Corso y Lawrence Ferlinghetti habían inventado. Una poesía que no servía para cubrir de belleza los horrores de la existencia, sino que buscaba la belleza en esos mismos horrores. En la destrucción, en la decadencia, en el síndrome de estrés post traumático que padecían quienes regresaban de la guerra y en el opio con que mitigaban su dolor. Ahí estaba esa otra belleza, que el establishment quería cubrir a toda costa con anuncios de electrodomésticos y amas de casa sonrientes.

Toda esa gran corriente de la poesía norteamericana estaba salpicada de ritmo, del be bop (o cool jazz) de Charlie Parker. La poesía beatnik pedía a gritos ser cantada. Y Bob Dylan llegó para apropiársela y cantarla.

¿Y el folk? ¿Y las canciones que representaban los movimientos sociales? ¿Y el consuelo para el obrero? Todo eso iba a tener que quedar atrás, porque Bob Dylan estaba haciendo canciones cada vez más personales, que no se parecían

absolutamente a nada de lo que había existido antes.

La trilogía Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966) debió ser tan impresionante para los oídos de la época, como para los ojos que vieron por primera vez un cuadro cubista de Picasso.

 

Y aquí vale otra comparación: el dominio absoluto de todos los estilos pictóricos y la búsqueda de algo nuevo hicieron que apareciera sobre los lienzos algo que sólo puede llamarse Picasso. Del mismo modo, años después, la destreza en todos los géneros de música popular norteamericana y la búsqueda de un lenguaje propio, desencadenaron en un sonido inconfundible, que sólo puede llamarse Bob Dylan.

Por supuesto que el movimiento folk y los partidos comunistas no iban a dejar que su niño se les fuera así como así. El día que Dylan apareció en el festival de Newport (la Santa Sede del folk) con guitarra eléctrica, fue abucheado. Dicen que Pete Seeger trató de cortar el cable de la guitarra con un hacha.

La canción que Dylan eligió para darle un tiro en la nuca a su carrera de “portavoz de una generació

n”, como cursimente lo llamaban los folkies, fue “Maggie’s Farm”, en la

que habla de la dueña de una granja que maltrata a sus empleados. “No voy a trabajar en la granja de Maggie nunca más”, cantó Dylan con furia ante un público que lo iba a querer, siempre y cuando no quisiera crecer.

De ahí vino el legendario tour por Europa de 1966, en el que los conciertos se dividían en dos partes. En la primera, Dylan se acompañaba únicamente de su guitarra y su armónica. Pero en la segunda mitad aparecía un grupo formado por Robbie Robertson, Richard Manuel, Peter Danko y Garth Hudson, que posteriorm

ente se convertirían en The Band. Los insultos de parte del público no se hacían esperar. Había distintas organizaciones, autonombradas “voces del pueblo”, que iban preparadas para insultar a Dylan, pero también había espontáneos.

“¡Judas!”, le gritaron una noche en Manchester. Judas, el traidor de traidores. Si fueron capaces de verlo como el Iscariote, es porque antes lo veían como a Cristo. Y a Dylan no le gustaba la idea de morir ahorcado ni crucificado. Su respuesta, en vez de dejarse amedrentar, fue voltear a ver al grupo y decirles: “Play fucking loud!”, para luego arrancarse con una versión devastadora de “Like a Rolling Stone”.

 

Esa canción es un ejemplo perfecto de lo que hace Dylan con el lenguaje. Es suyo y lo maneja a placer. La letra no habla de una sola cosa. Es nueva cada vez que se le escucha. Es la libertad transformada en canción y por eso es que siempre da vértigo oírla.

Todos los intérpretes de Dylan dicen que es un placer cantar sus canciones. Y que algunas frases, misteriosas al ser leídas, cobran sentido a la hora de ser cantadas. Hacen sentido al tener sonido.

 

Bob Dylan ha sido muchos hombres y ha tenido muchas vidas. Sobre el escenario, con su banda actu

al, parece que sabe cuál fue el “thrill” que Fats Domino encontró en “Blueberry Hill”. Parece que viaja sobre el tren del misterio de Elvis Presley. Parece que ha ido a la misma encrucijada de la que Robert Johnson volvió toca

ndo la guitarra

como nadie. El rostro y las palabras de Bob Dylan son los Estados Unidos encarnados. En su voz se escucha la Guerra Civil y la embrujada Nueva Orleans así como el arrullo del Mississippi, la Babel neoyorquina y los atardeceres violáceos de Malibú, donde dicen que vive.

Hoy, el genio cumple 77 años. El 7 es un número mágico y Dylan no es ajeno a la magia. Ya veremos qué puerta nos abre con su doble siete. Feliz cumpleaños, Bob, dondequiera que tu espíritu gitano te haya llevado en este día.

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